Resumen de La cruz azul, de G. K. Chesterton

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Resumen de La cruz azul, primer cuento incluido en el libro El candor del padre Brown, escrito por G. K. Chesterton y publicado por primera vez en 1911. En este relato hace su primera aparición el padre Brown, un cura de gracioso aspecto cuyo gran pero humilde intelecto lleva a resolver todo tipo de crímenes. En esta ocasión, el clérigo burla a un criminal que intenta robarle una preciada posesión de la Iglesia mientras va dejando pistas para que la policía lo encuentre. El relato, sin embargo, es narrado desde la perspectiva de Valentín, jefe de la policía parisiense que va detrás del rastro de Flambeau, un gran criminal, y va encontrando las pistas que Brown ha ido dejando por el camino.

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Resumen de La cruz azul

Cuento: La cruz azul

Incluido en: El candor del padre Brown, 1911

Autor: G. K. Chesterton

Género: cuento, policial



Resumen de La cruz azul

La cruz azul: introducción

Valentín era jefe de la policía parisiense y se encontraba tras la pista de un gran criminal llamado Flambeau, que se supo que se encontraba en Londres. Sin embargo no sabía dónde podía hallarlo. Flambeau era un hombre de incomparable ingenio y era capaz de adoptar un disfraz cualquiera. Su punto débil era su tamaño inusualmente grande, de tal forma que su presencia no pasaba desapercibida en ningún lugar.
En el tren en el que el policía se transportaba a Londres observó algunos de los pasajeros: ninguno de ellos podía ser el prófugo. Entre ellos se encontraba un sacerdote pequeño que se comportaba torpemente; llevaba sobres en papel estraza que no conseguía juntar, y mencionaba a todo el mundo que debía andar con cuidado porque llevaba consigo un objeto muy valioso, de plata y piedras azules.

La cruz azul: la persecusión

Dado que Valentín no tenía ninguna pista, decidió seguir un método que solía utilizar: en vez de visitar los lugares más obvios, se dejaba llevar por cosas imprevistas, esperando que las mismas cosas hubieran llamado la atención de la persona que perseguía. Por eso, en primer lugar se dirigió a un restaurante de estilo y emplazamiento muy peculiar, que se ubicaba en el medio de la Plaza de Victoria.

Una vez allí, pidió un café y buscó algo llamativo: encontró que una de las paredes se había manchado recientemente, pero nada más. Sin embargo, cuando se llevó el café a los labios se llevó la sorpresa al percatarse de que le había puesto sal en vez de azúcar. Comprobó el salero y el azucarero, y notó que sus contenidos habían sido intercambiados. Por esa razón llamó al mozo y preguntó a qué se debía esa broma. Este, consternado, llamó al propietario, quien aseguró que seguramente los dos hombres que habían estado un rato antes habían trocado los contenidos, ya uno de ellos había sido el mismo que había arrojado su sopa a la pared justo antes de irse. Contestando a la pregunta de Valentín, el propietario indicó que estos hombres se habían doblado por la esquina de la calle de Carstairs.

Siguiendo el rastro y aún buscando cosas peculiares, el detective se detuvo en almacén y observó algo llamativo: el estante de las nueces tenía un cartel que anunciaba naranjas, y el de las naranjas uno que decía nueces. Advirtiendo que esta travesura era similar a la de la sal y el azúcar, el policía consultó al frutero si no había visto pasar a dos curas, uno pequeño y otro muy alto. Este les respondió enfurecido que dichos hombres habían volteado las manzanas, y que se habían ido por dónde se habían ido.

Valentín continuó el camino indicado y preguntó a un guardia en la calle si los había visto; este les indicó que sí y que habían tomado un ómnibus, por lo que el investigador decidió hacer lo mismo, pero solicitó primero un par de policías que lo acompañaran.

Después de algún tiempo de viaje, por fin el jefe de policía vio algo que le llamó la atención, y se bajó del ómnibus: se trataba de un bar en el que había una ventana rota. Se dirigió hacia allí y, después de pedir y pagar algo, preguntó al camarero por el vidrio. Este les comentó que uno de los dos curas que habían entrado le había pagado de más y había modificado la cuenta, y que cuando fue a decirles del error, el otro contestó que había pagado por el vidrio que estaba por romper; entonces, con su sombrilla, le dio a la ventana. Luego, se fueron por la calle Bullock.

Los policías entraron en una tienda a comprar golosinas y la señora que los atendió les dijo que si venían por el paquete, este ya había sido remitido. Valentín quiso investigar de qué se trataba y la mujer explicó que un cura había estado allí, pero que poco después de irse volvió preguntando si se había olvidado un paquete; como no lo vio, pidió a la mujer que si lo encontraba lo remitiera a una dirección.


La cruz azul: la captura

El policía, seguro de que ahora los perseguidos se encontrarían en el parque de Hampstead, se dirigió rápidamente hacia allí. Cuando llegó no le fue difícil encontrar a los dos curas; los oficiales se desplegaron a escondidas y se acercaron lo suficiente para oír lo que decían. Como ambos no parecían ser más que curas, y hablaban tan racionalmente sobre teología, Valentín estuvo a punto de convencerse de que la pista que había seguido era un error.

Sin embargo, de un momento a otro, el hombre más grande dejó de fingir y le exigió al otro que le entregara la cruz con zafiros que llevaba consigo, a la vez que revelaba su verdadera identidad, pero ante la demora de su víctima, explicó que en realidad ya se la había robado, que había armado un paquete falso y lo había intercambiado por el verdadero, por lo que ahora la cruz estaba guardada en su pecho.

Después de esta declaración, el cura pequeño, llamado padre Brown, le contestó a Flambeau que ya había sospechado de él, y que el truco de falsificar e intercambiar paquetes no le era desconocido. Lo había vigilado todo el tiempo y dado cuenta del momento en que el hacía el intercambio, por lo que más tarde volvió a intercambiarlos y dejó el paquete verdadero en el aquel comercio, donde había pedido que lo remitieran por correo si llegaban a encontrarlo. Así que el paquete que albergaba Flambeau en su pecho era, realmente, el falso.

Este, incrédulo, dudó que el padre Brown hubiera sido tan astuto de dejar la cruz, y pensando que aún la llevaba consigo, le exigió que se la diera, a la vez que lo amenazaba diciendo que, ya que estaban solos, tomaría el objeto por la fuerza. Brown contestó que se equivocaba también en eso, y que detrás de ellos habían policías aguardando el momento de atraparlo, y le explicó que él mismo los había atraído dejando diferentes pistas por el camino: el café salado, la sopa contra la pared, el cajón de manzanas, el vidrio roto, etc.

Por último los policías salieron de su escondite, y Flambeau, admitiendo su derrota, se entregó.

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Autor: Nicolás Oleinizak

Profesor de Lengua y Literatura graduado de la Universidad Autónoma de Entre Ríos. Trabajo como docente de escuela media y soy aficionado al diseño web.

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